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Futuro Imperfecto

O cómo dejar de preocuparse y amar a la distopía, por Manuel Sepulveda

 

por Manuel Sepulveda

traducido por Giancarlo Sandoval

 

 

‘Encara al futuro, ¿es ahora? ¡De todas maneras no puedes pararlo!’
— Visage, Frequency 7

 

Es 1984 — el real. En mi camino a casa del colegio paso por un logo de IBM grande y tridimensional, eso es más una declaración que una señal, un recuerdo brillante de que en las afueras de la histórica ciudad de Winchester, el software del mañana está siendo diseñado por el laboratorio de investigación de IBM. Más dentro en la ciudad, veo la ventana de un retailer de Apple, veo la nueva Macintosh, su aviso ya me había convencido de que el ‘mil novecientos noventa y cuatro no será como el 1984’. Una vez en casa, me siento en mi habitación e imagino el futuro; Concorde y el Space Shuttle están en el aire, dejando estelas del pasado en su despegue; el progreso y el optimismo están saliendo de mi pantalla cortesía de Tomorrow’s World y Horizon; y en mis manos las páginas de Omni señala hacia futuros fantásticos que están solo a meros años de convertirse una realidad, transformando nuestras vidas en algo mejor. El aviso distópico de George Orwell se llena de polvo en mi estante, una sincera, pero engañosa predicción de lo que mi generación tendría que encarar.

Naturalmente, no pasó mucho tiempo para que mi entusiasmo ingenuo desemboque en cinismo juvenil y, 30 años después de que el comercial de Big Brother de Ridley Scott para Macintosh fuera mostrado, nuestras vidas se sintieran más Orwellianas. Los años pasados en particular han visto tanto los buenos como los malos futuros predecidos en mi juventud llegar finalmente. Las infracciones de privacidad de nuestros gobiernos y las corporaciones nos han hecho cuestionar los motivos detrás de cualquier servicio. Los horrores y ‘lolz’ están puestos uno encima de otros en nuestros feeds, cancelándose entre sí, embobando nuestras respuestas. Nos dan la ilusión de elección mientras que la salida se hace más difícil de encontrar, si existe en absoluto. Mientras, es tanto el Concorde como el Space Shuttle que se llenan de polvo, ambos reliquias distantes de lo que ahora parece ser la era dorada de la ambición tecnológica.

Hay una frase originada de una correspondencia de 1937 entre los escritores Robert Graves y Laura Riding — ‘El futuro no es lo que solía ser’ — que parece perfecta para la incertidumbre de nuestros tiempos. Pero el pesimismo de su argumento es descorazonador, sugiriendo de que nos rendiremos ante la tecnología.

La mente humana ha obtenido el fin del progreso temporal… El futuro contiene nada más que desarollo científico. Es un gasto involuntario y una manipulación de fuerzas físicas, libre de conciencia: ya no importa.

La idea de que nuestro intelecto es incapaz de mantenerse a la par con los logros de la ciencia sí resuena con la inevitabilidad de la inteligencia artificial que nos sobrepasa. Más inmediatamente, también trae a colación la visión de que el Internet ha re-cableado nuestros cerebros, cambiando la manera en que pensamos.

Hemos estado muy fascinados por escenarios distópicos, particularmente aquellos en los que muchas de nuestras libertades han sido tomadas ni siquiera de pensamientos que podemos llamar nuestros. Mucha de nuestra ficción especulativa es, como THX 1138 de George Lucas, una lectura del presente tomada a su extremo lógico. Nos volvemos más viejos y estas historias toman una gran relevancia, con una distancia que se acorta entre el hecho y la ficción que empieza a verse como un evento-horizonte cercano. Pero tal vez este vacío es simplemente un fracaso de la imaginación por parte de los escritores, quienes juegan a lo seguro al usar motifs sobre-usados. Que nos muestren los mismos horrores una y otra vez nos desensibiliza, y tal vez reciclemos los peligros sin hacer algo siquiera para prevenir que ellos sucedan. Somos alarmistas pasivos, destinados a convertirnos en fantasmas que dicen ‘te lo dije’ para asustar a generaciones futuras.

Si el mundo real parece estar moviéndose tan rápido que nuestros narradores no pueden estar a la par, entonces es porque la ciencia avanza demasiado rápido para que nosotros podamos darles coherencia. Recientemente, nuevas invenciones y técnicas han parecido como magia, más allá del entendimiento de mucha gente. Los múltiples niveles en los que las cosas cambian pueden ser enfurecedores, y la ciencia arriesga dejar a la sociedad detrás. Cuando la gente mal-entiende o desconfía de la tecnología, percibiendola como irrelevante a sus necesidades o simplemente extraña, entonces esa tecnología ha fallado en capitalizar en su potencial. Tal vez en el peor de los casos, nuestras leyes sean leantes en adaptarse a nuevos modos de oportunismo, usualmente fracasando en protegernos cuando necesitamos que lo hagan. Una falta de confianza en el futuro puede exacerbar el sentimiento de inseguridad, haciendo difícil prever cómo podemos ajustar los parámetros que siempre cambian.

En 1925, el filósofo A.N. Whitehead dijo en sus ‘Requisites for Social Progress’ (la última de una serie de clases publicadas como Science and the Modern World) que la inestabilidad era necesaria e inevitable,

Es del dominio del futuro ser peligroso; y está entre los méritos de la ciencia que equipa al futuro para sus deberes… El pesimismo de la clase media sobre el futuro del mundo viene de una confusión entre civilización y seguridad. En el futuro inmediato habrá menos seguridad que en el pasado inmediato… En general, las grandes eras han sido eras inestables.

Pero la estabilidad no tiene que significar quedarse quieto, debería ser más sobre confianza en la habilidad de adaptarse al cambio. La ciencia debería estar libre de la carga de tener que tomar nuestras manos, pero es importante balancear el hambre por el conocimiento y la innovación con, por lo menos, la conciencia de problemas potenciales, y una apreciación de que la sociedad necesita un conjunto de respuestas adicionales.

Así es que llegamos a las artes, dado a que estas juegan una gran parte en desmitificar el futuro para nosotros. Cada gran nueva tecnología trae consigo gente que declara que destruirá nuestra humanidad. Uno de los problemas que Whitehead identifica en su clase es que porque muchos de nosotros especializamos en una profesión, no tienen mucho conocimiento en otros campos para ser capaces de comprender y confiar en los avances hechos afuera de su profesión — y es esta desconfianza la que crea un bloqueo en el progreso. Los artistas pueden ayudar a juntar este vacío de conocimiento al iluminar lo desconocido, humanizando lo inhumano, y convirtiendo lo que parece una distopía a una evolución no tan distante del mundo en que vivimos. Al transformarse en una parte intrínseca de todas las áreas de la tecnología, el arte puede ayudar a la gente a sentirse más preparada para lo que sea que pueda venir. Y quizás más crucialmente, los artistas pueden enseñar a las compañías de tecnología cómo tener más empatía hacia la gente a las que afectarán sus ideas, cambiando el énfasis hacia algo como un futurismo social, donde los avances tecnológicos son equivalentes al avance de la sociedad.

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László Moholy-Nagy, untitled photogram, 1939
 

Muchos de los libros que he comprado recientemente se enfoca en proyectos colaborativos entre las artes y las ciencias que, discutiblemente, por primera vez tuvieron éxito verdadero en sus objetivos de los 20s hacia adelante en el Bauhaus, con artistas como László Moholy-Nagy y que continuó con un fervor renovado durante los 60s y 70s dado a que la tecnología de computadoras comenzó a ofrecer más oportunidades para experimentar. Estos períodos en los que el arte y la ciencia unieron fuerzas parecen coincidir con los tiempos en los que los artistas también tuvieron un empuje político, comentando sinceramente en y confrontando al mundo que ellos vieron a su alrededor. Muchos movimientos de arte modernista del temprano siglo 20 eran activistas en su naturaleza (ver el grito de batalla de Ezra Pound en 1934, ‘¡Hazlo nuevo!’) y de manera similar, los años revolucionarios alrededor de 1967 vieron una cercanía entre el arte y la política que resucitó la energía confrontacional y la creencia en el poder transformativo de la provocación.

Todo llega en olas, y como los 50s, los 80s vieron a la tecnología preocuparse más y más con las industrias del entretenimiento y la publicidad. Simultáneamente, el arte durante los 80s se comodificó y se hizo más orientado al negocio., con los artistas emocionados por capitalizar en su marca. Hablando en general, los artistas ya no parecían tener la misma clase de convicciones que sus predecesores activistas y empezaron a ver hacia adentro por inspiración. Nos hace falta una nueva ola.

En los años pasados ha sido alentador ver tantos proyectos que traen a artistas, coders e ingenieros juntos para explorar nuevas formas de expresión y ver a esos campos juntos ha restaurado mi emoción por el futuro (una de las razones principales por las que comencé After Us). Estos proyectos reavivan el espíritu de la exhibición de ICA de 1968, Cybernetic Serendipity, con el objetivo de dar experiencias que no podían haber sido logradas algunos años atrás.

Si hay un elemento que falta es que mucho del trabajo carece de preocupaciones verdaderamente profundas — me encantaría ver estos nuevos procesos aplicados a ideas más radicales relacionadas a cómo se viven nuestras vidas, en vez de simplemente ofrecer momentos intagrammeables. No es suficiente para un artista crear un show de lasers y de ahí declarar que te hará ‘cuestionar la realidad’ — eso solo es hipérbole. Por otra parte, es frustrante cuando el trabajo el trabajo se llena de tanta pretensión conceptual que se vuelve incomprensible, y por ende, no efectivo. En la misma manera en que la ciencia necesita aceptar al arte, el arte necesita recapturar algo de la ambición política de las generaciones previas. El arte es increíblemente poderoso, pero mucho de este es cercado en espacios curados, con muchos proyectos a través de disciplinas solo pudiendo ser vistos por algunos; con suerte, la colaboración profunda en otros campos podrá proveer un gran rango de plataformas, ayudando a construir diálogos fructíferos en todos los aspectos de la sociedad.

Nadie (excepto, tal vez, los niños ingenuos de los 80s) esperan un futuro perfecto, pero una cultura unida del arte, la ciencia y la política, nos puede dar más conocimiento y enfocar cómo podemos y debemos ir hacia adelante. Vale la pena señalar que el arte está casi siempre ausente de la fábrica de las sociedad es las ficciones distópicas — tal vez esa sea la advertencia real.

 

Manuel Sepulveda es el editor y director de arte de After Us.
Manuel Sepulveda